Despotismo ilustrado

29/03/2025 5.020 Palabras

Introducción Los príncipes europeos, ante los repetidos ataques a la doctrina del origen divino de la monarquía, buscaron y hallaron en los escritos de sus impugnadores, los filósofos (Voltaire, Diderot, los fisiócratas, Turgot, etc.), nueva justificación para su autoridad: la utilidad pública, la felicidad universal. En nombre de la razón, de la utilidad y del orden natural, los déspotas ilustrados concentraron en sus manos todos los resortes del poder, redujeron los privilegios de la nobleza, de la Iglesia y de las corporaciones locales y provinciales y dictaron multitud de disposiciones tendentes a asegurar a sus respectivos países un lugar preeminente en el concierto internacional. Los monarcas y sus equipos ministeriales entendieron que toda mejora en las condiciones de vida de los súbditos entrañaba un aumento de los recursos del Estado, y con esas miras cultivaron la filantropía; humanizaron la administración de justicia (abolición de la tortura); reformaron los órganos de Gobierno, uniformándolos y centralizándolos; abogaron por una menos injusta repartición de las cargas tributarias; secularizaron el Estado, proclamaron la tolerancia religiosa y sometieron a la Iglesia al control de aquél (galicanismo, josefinismo, regalismo); concibieron la educación como el motor del progreso material y espiritual de los pueblos y prestaron especial apoyo a la enseñanza, con la creación de escuelas, academias, gabinetes científicos y museos; impulsaron numerosas obras públicas (caminos, canales de riego y de navegación, etc.); fomentaron la creación de riqueza, concediendo exenciones fiscales a las manufacturas y protegiendo a la población campesina, considerada «el nervio del Estado»; un tanto a pesar suyo, favorecieron la formación o la consolidación de una burguesía de tipo moderno, a la que negaron, generalmente, participación en el poder («todo para el pueblo, pero sin el pueblo»); en el terreno económico, como ya se ha apuntado, trataron de conciliar el liberalismo de Quesnay (supresión de las trabas feudales: monopolios gremiales y señoriales, peajes, aduanas interiores, etcétera) y el mercantilismo de Colbert (compañías privilegiadas, dirigismo estatal), pero fracasaron en su intento. Aunque nacido en Francia, el despotismo ilustrado sólo triunfó plenamente en los países del sur, del centro y del este de Europa, es decir, en las entonces más atrasadas regiones del viejo continente; prototipos de déspota ilustrado fueron José I y Pedro III de Portugal, Carlos III de España, Leopoldo I de Toscana, María Teresa y José II de Austria, Catalina II de Rusia y Federico II de Prusia. El despotismo ilustrado no fue un sistema político coherente, sino una fórmula de transición; sus contradicciones internas se hicieron patentes muy pronto, y la Revolución Francesa le asestó un golpe de muerte; desde 1789 los monarcas buscaron nuevamente la alianza de la Iglesia y de la aristocracia frente al enemigo común –la burguesía y el pueblo llano– y volvieron a posiciones más autocráticas y reaccionarias; por su parte, los burgueses cobraron conciencia de su propia fuerza y se percataron de que podían alzarse con el poder e instaurar un orden nuevo sin necesidad de hacer concesiones.

This website uses its own and third-party cookies in order to obtain statistical information based on the navigation data of our visitors. If you continue browsing, the acceptance of its use will be assumed, and in case of not accepting its installation you should visit the information section, where we explain how to remove or deny them.
OK | More info